Pregón taurino de la Feria de abril

Señoras y señores, respetable público,

Empezaré por declararles que considero que vengo de un encaste bastante bravo y bastante valiente.

Esperanza Aguirre - Pregón taurino de la Feria de abril

Como luego intentaré explicarles, la sangre Aguirre que corre por mis venas ha demostrado con creces ser una sangre valiente y torera. Y la Gil de Biedma no le va a la zaga a la hora de la valentía y de echar la pata pa´lante.

Pero, a pesar de venir de este encaste de valientes, hay años en que yo misma me doy miedo por mi temeridad y por mi osadía. Y este de 2014 está siendo mi año más temerario.

Hace apenas un mes me atreví a hacer el paseíllo nada menos que en Westminster, en la mismísima Cámara de los Comunes inglesa, para hablar de España y de Inglaterra ante unos ingleses que aman a España y ante algunos españoles que aman a Inglaterra.

Salir a torear en ese ruedo y ante ese público, y salir a torear en inglés, puedo asegurarles que asusta, y que asusta mucho.

Cuando me estaba vistiendo mi traje largo para ir a los Comunes, y cuando iba hacia ese Palacio impresionante a las orillas del Támesis, llevaba un miedo en el cuerpo que, salvando las distancias, y sin querer faltar al respeto a nadie, se podía parecer al de los toreros cuando se visten de luces en el hotel y se dirigen en el coche con la cuadrilla hacia la plaza.

Gracias a la buena y valiente casta de la que vengo y gracias, todo hay que decirlo, a que mis padres se ocuparon de que aprendiera inglés de pequeña, salté al ruedo de Westminster y toreé el para mí difícil morlaco sin escurrir el bulto en ningún momento.

Luego, una vez terminada “la faena”, la generosidad y la benevolencia del público londinense me hicieron salir creo que airosa. Incluso me premiaron con una ovación mucho más cerrada de lo que seguramente merecía.

Por si no había sido pequeña la temeridad de hacer el paseíllo en Westminster, ahora me encuentro en el patio de cuadrillas de la única plaza del mundo que me infunde más respeto que aquella: Sevilla.

Y nada menos que para pregonar su Feria.

Hay que ser una insensata para, sin haberme repuesto todavía del susto de la faena de Londres, haber aceptado salir a esta Plaza para hablarles de Toros y para hablarles de Sevilla.

También hoy, cuando me vestía para venir a este Teatro y cuando venía hacia aquí, he sentido ese miedo que, ya les digo, podría parecerse al que todos los toreros dicen que sienten cuando van hacia la plaza.

Aunque yo cuento con muchas ventajas sobre ellos. La primera, y fundamental: no voy a tener que jugarme la vida ante un toro bravo.

Y la segunda ventaja, y también muy importante: el público. Ese mismo público que a los Toros va siempre con ánimo justiciero, y que en las plazas mide con infinito cuidado sus aplausos y sus pitos, sé que viene en esta ocasión a escuchar este Pregón pertrechado de benevolencia y caridad cristiana.

Lo que me da valor para salir hoy al ruedo a lidiar un asunto tan trascendente y de tanta enjundia como es el de Sevilla y los Toros es, precisamente, mi fe en que aquí el público viene henchido de esa benevolencia y de esa caridad cristiana que sale depurada por la penitencia de la Semana Santa, que hoy termina, e inflamado por la alegría de la Resurrección, que hoy celebramos.

Confío, en fin, en que el respetable de esta mañana esté dispuesto a perdonarme todos mis errores: si cito fuera de cacho, si me embarullo con el capote, si no templo lo suficiente con la muleta e, incluso, si no entro a matar como Dios y los cánones mandan: en corto y por derecho.

Lo peor que me puede ocurrir es que los asistentes a este Pregón se acuerden de aquellos que me precedieron. Porque, para acabar de ponerme difícil mi participación en este acto, resulta que mis predecesores en esta función de pregoneros son auténticas figuras, cada uno en lo suyo. Y sus actuaciones en los últimos 31 Domingos de Resurrección, invitados por la Real Maestranza, han sido siempre auténticamente magistrales.

¡Cómo voy a compararme con el salero galés de mi amigo Lord Garel-Jones, o con la siempre brillante agudeza de mi también amigo Albert Boadella, o con la maestría narradora del Premio Nobel que es amigo mío, Mario Vargas Llosa! ¡O con la sabia erudición de Pedro Romero de Solís, o con los conocimientos del gran aficionado que es Rafael Atienza, o con ese pozo de erudiciones literarias y taurinas que es el maestro de críticos Andrés Amorós!

Ahora olvídense ustedes de todos ellos, acuérdense de los mensajes evangélicos que han llenado la Semana Santa de exaltación de la caridad cristiana, y llénense de benevolencia para conmigo, que empiezo a pregonar.

Y si todo esto no les basta para disculpar mi osadía por haber aceptado la generosa invitación del Teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, échenle la culpa a él, mi también amigo Javier Benjumea, Marqués de Puebla de Cazalla, por haberme invitado.

Al citar a la Real Maestranza me viene a la memoria algo a lo que ya hice referencia en mi faena de hace unas semanas en Westminster.

Allí les enumeraba a los ingleses algunas de las cosas que admiro de ellos, y que echo de menos en España. Una de ellas, les decía, era su respeto por las tradiciones. Un respeto que hace que casi todas las Instituciones británicas sean centenarias. En España, creo que desgraciadamente, no somos tan respetuosos con las tradiciones.

Sin embargo, en ese secular descuido español hacia las tradiciones, Sevilla y su Real Maestranza de Caballería son, sin duda, una magnífica excepción por la que hay que felicitarles y por la que debemos felicitarnos todos.

Porque es admirable el cariño y el cuidado con que los maestrantes sevillanos guardan el tesoro de la herencia recibida y con que se esfuerzan por estar a la altura de la historia de esta Real Maestranza, que se remonta nada más y nada menos que al siglo XIII, ¡ocho siglos de entrega al servicio de España y de Sevilla!

Pues bien, creo que el Teniente de Hermano Mayor me ha invitado y me ha metido en este lío tremendo por dos razones, además de por su amable generosidad. Porque sabe que me gustan los Toros, y porque sabe que, allá donde los ciudadanos me han colocado para servirles en puestos de responsabilidad política, he procurado siempre defender, fomentar y proteger la Fiesta.

¡Ah!, y por una tercera razón que, probablemente, es más fuerte aún que las dos anteriores. Porque sabe que Sevilla me fascina, porque sabe que quiero a Sevilla, que la admiro y que, sobre todo en abril, me parece lo más cercano al paraíso que he encontrado en la tierra.

Señoras y señores,
Sí, es verdad. Me gustan los Toros, así, con mayúscula, como hay que escribirlo cuando se trata de denominar a la Fiesta Nacional de España por antonomasia.
Porque, para empezar, me gustan los toros con minúscula. Me gusta el toro bravo porque es el animal más bonito que existe. Un animal, por cierto, que es el resultado de la obra inteligente y cuidadosa del hombre. El hombre que, desde la antigüedad, se ha esforzado por domesticar a los animales que le podían servir de alimento o de ayuda en sus tareas, en el caso del toro bravo, sin embargo, ha llevado a cabo una sorprendente obra de artesanía para conservar un animal valiente y luchador, noble y salvaje.

El resultado es este milagro, no de la Naturaleza, sino de la inteligencia, la sensibilidad y el cuidado del hombre, que es el toro bravo.

Me alegra especialmente empezar hoy a hablar de toros pidiendo una ovación cerrada y agradecida para todos los ganaderos y criadores de reses bravas.

Sé del esfuerzo económico que todos ellos realizan y sé, sobre todo, de la ilusión y el mimo que ponen para criar y crear esos animales maravillosos, a los que tratan a cuerpo de rey durante cuatro años para darles luego la oportunidad de salir a una plaza a demostrar su bravura, a poner a prueba el arte de los toreros, y a morir como valientes.

Me gustan los toros como animales únicos, me gusta verlos en el campo, y me gusta verlos en la plaza. Ya ellos solos, los toros, son un espectáculo en sí mismos.

Pero, sobre todo, me gustan los Toros, con mayúscula, los Toros como Fiesta. Como Fiesta que cada vez es más universal, pero que es nuestra Fiesta más española.

Explicar por qué me gustan las corridas de toros es una empresa racionalmente imposible. Porque se trata de explicar una emoción. Y una emoción se siente o no se siente, pero se explica siempre mal.

Y a mí me emociona hasta saber que voy a ir a una corrida, como me pasa hoy. Ir a la plaza me llena de alegría y de ilusión.

Y cuando el toro, imponente y poderoso, pisa el albero en medio del silencio de la plaza y veo a los peones citar con sus capotes, mi emoción se hace aún mayor.

Y, a partir de ese momento, todo lo que veo y lo que vivo en la plaza no deja de emocionarme.

Por supuesto que esas emociones se convierten en momentos de inmensa satisfacción cuando los toros embisten como Dios manda, y cuando los toreros interpretan y ejecutan las suertes como Dios y los cánones mandan.

Pero también vivo con emoción y tensión todo lo que ocurre en el ruedo cuando los toros no embisten, o embisten mal, y cuando los toreros se olvidan de los cánones y pasan apuros para dominar y lidiar a los toros.

Porque, como se ha dicho tantas veces, todo lo que pasa en la plaza es una cosa muy seria, porque se está jugando con la vida y con la muerte.

Y, además, porque todo lo que pasa en la plaza es verdad. Allí no hay trampa ni cartón, allí no hay teatro. Como dijo Orson Welles, “el torero es un actor al que le suceden cosas de verdad”.

O como el mismísimo Curro Cúchares le respondió en una ocasión al famoso actor Julián Romea: “Aquí se muere de verdad y no de mentirijillas”.

En la plaza está el toro, fiero, bravo, serio, valiente, luchador y lleno de peligro. Enfrente está el torero, valiente y decidido a dominarle, dispuesto a convertir la fiereza del toro en una obra de arte. Dispuesto a lidiar el toro sin salirse de los estrictos cánones que la Fiesta se ha dado en los últimos doscientos años.

Y a mí me emociona. Como ha emocionado y emociona a millones de españoles y de no españoles a lo largo de los siglos.

Explicar esa emoción es imposible y, además, bastante inútil. Sólo el que la siente podrá comprenderme y le pasará como a mí, que le resultará imposible explicarla.

Pero, ¿cómo se llega a esa emoción, que tiene tanto de misteriosa como de milagrosa?

Para empezar, alguien te tiene que llevar a los Toros y te tiene que hablar de toros.

Lo más normal y corriente es que sea en casa donde uno empieza a oír hablar de toros, y que sea alguien de la familia quien te lleve por primera vez a los Toros.

Algunos, los menos, han descubierto los Toros por casualidad, sin tener ni idea de lo que les iba a ocurrir cuando aceptaron por primera vez ir a una corrida en la que no sabían qué se iban a encontrar. Esta manera de llegar a los Toros como por un flechazo -que tiene mucho de flechazo amoroso- la encontramos en los cada vez más numerosos aficionados extranjeros.

Ahí están los más de trescientos socios, que pagan su cuota y editan su revista, del Club Taurino de Londres, que es, probablemente, la “peña” taurina con más integrantes del mundo.

O el gran filósofo francés Francis Wolff, que me precedió en este honroso oficio de pregonero hace sólo cuatro años. Desde esta misma tribuna describió admirablemente el incomprensible milagro de que un intelectual francés como él, de origen judío centroeuropeo, que nunca en su infancia había oído hablar de los Toros, cayera definitivamente enamorado de la Fiesta y de Sevilla al presenciar un tercio de quites que en la Maestranza protagonizaron Diego Puerta, Paco Camino y Marismeño.

O mi amigo Tristan Garel-Jones, que también contó en esta tribuna cómo el niño galés que él era en el Madrid de los primeros años cincuenta descubrió la Plaza de las Ventas y, desde el primer momento, supo que aquello, los Toros, era algo suyo.

Lo mío fue mucho más sencillo. Lo mío con los Toros nació en casa. Porque vengo de una familia que adora la Fiesta desde hace muchas generaciones.

Estoy segura de que a mi tatarabuelo, el farmacéutico ampurdanés Félix Borrell y Font, que puso botica en la madrileña Puerta del Sol y que ya era un fanático de los toros a mediados del siglo XIX, le hubiera emocionado y desconcertado enormemente que su tataranieta Esperanza estuviera pregonando nada menos que la Feria de Sevilla.

Espero que a él, que tantas corridas vio en la Plaza vieja de Madrid, pero en la vieja de verdad, la de Ventura Rodríguez, la que estaba junto a las Puertas de Alcalá y que derribaron para construir el Barrio de Salamanca, no le pareciera mal mi faena de esta mañana.

Aquel farmacéutico, bastante sabio en su materia porque llegó a ser condecorado con la Medalla de la Real Academia Nacional de Farmacia por sus trabajos científicos, tuvo un hijo, mi bisabuelo Félix Borrelll y Vidal, también farmacéutico, que salió aún más fanático que su padre en su afición a los toros. Y desde pequeño iba a todas las corridas en la Plaza de Madrid.

Era tan buen aficionado mi bisabuelo que se convirtió en crítico y llegó a firmar sus reseñas taurinas en las más prestigiosas publicaciones de la época. Firmaba con el seudónimo “F. Bleu” y, con el título “El toreo antes y después del Guerra”, muchas de aquellas crónicas y comentarios se editaron y publicaron después en un libro imprescindible hoy en cualquier biblioteca taurina.

Este bisabuelo mío vivió su juventud taurina cuando las dos Españas eran las de “Lagartijo” y “Frascuelo”. Resultaba imposible permanecer neutral, y F. Bleu tomó partido por el valentísimo Salvador Sánchez “Frascuelo”.

Si la pareja de toreros más importante de toda la Historia la formaron dos sevillanos geniales, “Joselito el Gallo” y Juan Belmonte, la otra gran pareja de la Tauromaquia es la que formaron el cordobés “Lagartijo” y el madrileño

“Frascuelo”. Y digo madrileño, aunque en realidad fuera granadino de nacimiento, porque fue en Madrid donde “Frascuelo” se hizo torero, donde alcanzó la fama y un prestigio social inmenso.

El aprecio, respeto y admiración de Madrid por “Frascuelo” tuvo su mayor manifestación cuando el insigne torero murió en su casa de la calle del Arenal, en marzo de 1898. Su entierro en la Sacramental de San Isidro fue una impresionante manifestación de duelo y a él asistieron numerosas autoridades.

Entre ellas se encontraba el embajador de los Estados Unidos, Stewart L. Woodford, en una de sus últimas apariciones públicas antes de que España les declarara la guerra, y de que el 21 de abril el embajador tuviera que abandonar España, acompañado por la Guardia Civil, en un tren que lo llevó a Francia.

Mi bisabuelo el boticario, que seguro que estuvo en ese entierro porque, además de ser un frascuelista convencido, tenía la farmacia a pocos metros de la vivienda del torero, era un hombre muy polifacético. Pintor de gusto y gracia, hay un cuadro suyo, por ejemplo, en el Congreso de los Diputados. También fue crítico de ópera, materia en la que se destapó como un wagneriano furibundo. Y en materia taurina su frascuelismo y su admiración por los dos genios del toreo que llenaron su juventud le acompañaron siempre.

En sus escritos sobre toros es curioso descubrir que, en su rigor y exigencia como crítico, llega a desconfiar hasta del “Guerra”, nada menos, al que llega a acusar de “ventajista”.

Ya de mayor, llegó a conocer a José y Juan, y aunque parece que ninguno de los dos le convencía del todo, tuvo el detalle de llamar a Belmonte “Der Kaiser Johannes I”. Porque no hay que olvidar que la llamada Edad de Oro del Toreo coincidió con los años de la I Guerra Mundial, en los que los españoles,

desde nuestra neutralidad, hablábamos sin cesar de sus protagonistas, entre los que se encontraba el otro Kaiser, el de Alemania.

Cabe recordar en este punto que, hace justo un siglo, se iniciaba aquella mítica competencia entre Gallito y Belmonte. 1914 es el año en que el pequeño de los Gallo toma definitivamente el mando del toreo, que no abandonará hasta la tragedia de Talavera. Por su parte, Belmonte será el complemento perfecto al poderío y el saber torero de su paisano. Y será precisamente aquí, en Sevilla y en su Maestranza, donde los aficionados puedan asistir a algunos de los hitos principales de esta histórica competencia.
Sin ir más lejos, mañana, día 21, se cumplen justo cien años de la célebre tarde de Belmonte con los Miura, cuando, alternando con Gaona y Joselito, le sacaron a hombros por la Puerta del Príncipe, después de haberse adornado con uno de los toros hasta llegar a tocarle un cuerno en un torero desplante. Cuentan que, cuando el mayoral llegó esa noche a Don Eduardo a darle el parte de la corrida y le dijo que Belmonte le había tocado un cuerno a un toro suyo, el legendario ganadero no podía creérselo y se retiró a un
rincón de la habitación escondiendo una lágrima de rabia.

Y vuelvo a la historia de cómo se ha transmitido la afición en mi familia. Mi bisabuelo Félix, el “F. Bleu” de los Toros, es el padre de mi abuela Esperanza, de la que llevo el nombre y que se casó con mi abuelo José Luis Aguirre, que también era un enorme aficionado a la Fiesta. Fue amigo íntimo de Don Juan Belmonte, mientras que su mujer, esta abuela Esperanza, lo era de la mujer del “Pasmo de Triana”, Julia Cossío.

De cómo mi abuelo José Luis me inculcó la afición a los Toros recordaré siempre que me llevó, en agosto de 1968, a la Plaza de Santander a ver cómo Antonio Ordóñez daba la alternativa a Juan Carlos Beca Belmonte, nieto del gran torero que había sido su amigo.

La afición a los toros de mi familia llega al culmen en la generación de mi padre y sus hermanos. Los cuatro hermanos Aguirre Borrell han sido unos extraordinarios aficionados. Sobre todo, mis tíos.

Las anécdotas y los sucedidos que puedo contar de ellos con los Toros como protagonistas son infinitos.

“La Granjilla”, la finca de mis abuelos en El Escorial, desde pequeña la recuerdo con capotes y muletas que utilizaban mis tíos para torear de salón. Y allí era muy normal la presencia de toreros, con los que mis tíos tenían amistad.

A los toreros de entonces el ejercicio físico que más le gustaba hacer para estar en forma era jugar al frontón. Pues bien, mi abuelo construyó uno en “La Granjilla” para que ellos pudieran entrenarse.

Allí se vestían de toreros los Bienvenida cuando iban a torear a El Escorial. Y algunos de mis primos todavía se acuerdan bien de cuánto les impresionaban las cicatrices de las cornadas de Antonio Bienvenida cuando le veían en la piscina.

Allí se concentró Paco Camino con su cuadrilla los días anteriores a la histórica Corrida de la Beneficencia de 1970, en la que iba a encerrarse con seis toros, y en la que acabó regalando el sobrero y cortando ocho orejas. Todos aquellos días en “La Granjilla”, Camino estuvo acompañado por mis tíos Félix e Ignacio.

Félix, que era gran amigo suyo, se atrevió a aconsejarle al “Niño sabio de Camas” que cuidara ser muy variado con el capote, porque el público puede llegar a aburrirse de ver al único matador de seis toros hacer siempre lo mismo en todos los quites que en una corrida de ese tipo hay que hacer. Y en el colmo de la osadía, se atrevió a decirle que estaría muy bien que recibiera a uno de los toros con verónicas con una rodilla en tierra, “que queda muy torero”, parece que le dijo.

En youtube pueden verse las torerísimas verónicas y la magistral media que Camino le dio, rodilla en tierra, a uno de sus toros de aquella tarde triunfal. Para felicidad de los espectadores y para orgullo de mi tío Félix, el único que, en la plaza, sabía que aquellos pases se los había inspirado él.

Mi tío Félix, además, era muy amigo de Luis Miguel Dominguín, y acérrimo partidario suyo, lo que provocaba encendidas discusiones con su padre y con su hermano Ignacio, que eran amigos y partidarios incondicionales de Antonio Ordóñez.

Mi tío Gabriel era tan aficionado que no es de extrañar que se acabara casando con la hija de Atanasio Fernández, el gran ganadero salmantino. Toreaba muy bien en los tentaderos, y fue muy amigo de Luis Miguel Dominguín y, en sus últimos años, de Enrique Ponce.

Pero el más aficionado de todos ellos fue mi tío Ignacio. Era diplomático, fue embajador de España, y entre los puestos que ocupó está el de Secretario de Estado de Comunicación y Portavoz del Gobierno de UCD. Pero su auténtica pasión fueron los Toros.

Primero, toreando de salón en el piso de la familia de la calle Claudio Coello, donde, siendo casi un niño, llegó a hacer un agujero en un mueble donde entraba a matar simulando una y otra vez la suerte suprema.

Después, siguió cultivando su afición toreando en todos los tentaderos a los que le invitaban. Con el Conde la Maza, por ejemplo, estuvo un día tentando desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde.

Hasta que un día de 1971 su amigo Paco Camino le pinchó para que participara en un festival en Cigales, en la provincia de Valladolid, y matara por fin un novillo-toro. Mi tío, que era todo un valiente, aceptó el reto, y acabó haciendo el paseíllo junto a nada más y nada menos, que Paco Camino, “El Viti”, Ángel Teruel, José Fuentes y el ganadero Luis Molero. En aquella ocasión mi tío mató un novillo-toro de la ganadería de Paco Camino.

El éxito fue rotundo con el capote, con la muleta y con la espada y salió a hombros. Las fotos de aquel acontecimiento muestran cómo el que lo lleva a hombros es el mismísimo Juanito Bienvenida, al que la amistad con mi tío y el entusiasmo de verle ejecutar el volapié como mandan los cánones le debieron dar las fuerzas necesarias para cargar con mi tío Ignacio, que no era, precisamente, una sílfide.

Y es que mi tío había pasado bastantes ratos en el patio de la casa de General Mola, que todos los aficionados madrileños veneraban como santuario de la dinastía de los Bienvenida, ensayando la suerte suprema en el carretón con la ayuda de Ángel Luis y Juan, el que luego le sacaría a hombros en aquel festival.

De la estrecha relación que unía a mi tío con los Bienvenida da idea que Antonio le confesó en una ocasión a Vicente Zabala padre que, de sus cinco mejores amigos, dos eran Félix e Ignacio Aguirre.

En algún sitio he contado que Antonio Ordóñez, también gran amigo de mi tío Ignacio, le llamaba cariñosamente “Cachorro”, en recuerdo de una vaca, “Cachorra” de nombre, que le vio torear en 1959 en Tarifa, en lo de Carlos Núñez, y con la que creo que mi tío estuvo soberbio.

Desde el día de aquella vaca el maestro de Ronda y mi tío Ignacio se hicieron grandes amigos. Alguna vez Ordóñez llegó a ir a Nueva York para estar con mi tío, cuando estuvo destinado allí, en Naciones Unidas. Y juntos compartieron muchas corridas y viajes por España, con Ernest Hemingway incluido, que se hizo también gran amigo de mi tío.

En la familia fue muy comentado el ultimátum que su mujer, mi tía Sofía, le dio a mi tío Ignacio antes de casarse en 1959: “o Ordóñez o yo”. Con esto no hay nada más que decir acerca de la pasión de Ignacio Aguirre por los Toros.

El pedigrí taurino de la familia de mi madre no es tan vistoso y tan brillante como el de los Aguirre, pero también ha tenido su peso en mi afición a los Toros.

Todos los Gil de Biedma han sido y son grandes aficionados. Y un hermano de mi abuela por ese lado, Eduardo Vega de Seoane, donostiarra de pro, también fue buen amigo de Belmonte, además de ser su abogado y de haberle ayudado en asuntos importantes y delicados.

Les he contado todo esto para explicar de dónde me viene la afición. Pero también para que quede el testimonio de cómo, a lo largo de casi dos siglos, se ha transmitido esta afición de generación en generación en una familia española.

Y de paso, para rendir homenaje a todos esos familiares míos a los que, si ustedes me dan la venia, quiero brindar mi faena de esta mañana, en agradecimiento por haberme transmitido el amor a la Fiesta.

Comprenderán que, con estos antecedentes, querer y admirar la Fiesta de los Toros es, en mi caso, algo natural, algo que he recibido junto a los valores esenciales que me transmitieron en mi familia. El amor a los Toros me lo transmitieron en mi familia después del cristianismo y del amor a la Patria, que son los valores esenciales que aprendí en mi casa.

Por eso también comprenderán que, después, a lo largo de toda mi vida política, siempre haya procurado defender y fomentar nuestra Fiesta Nacional por antonomasia.

Hay un hecho del que me siento especialmente contenta y orgullosa.

Como han escuchado, todos en mi familia hemos dispensado una veneración especial a Antonio Ordóñez.

Pues bien, cuando fui Ministra de Educación y Cultura, tomé la iniciativa de incorporar la Tauromaquia a las Medallas de Oro de las Bellas Artes. Soy una firme convencida de que el toreo es una de las Bellas Artes. Incluso estoy bastante de acuerdo con los que defienden que una corrida de toros es el espectáculo que más se acerca a lo que Wagner llamaba “la obra de arte total”, a la que él aspiraba con sus óperas.

Si eso era así, ¿por qué no se premiaba a los toreros con la máxima distinción de la que España dispone para premiar a compositores, pintores, escultores, bailarines y otros artistas?

Decidí, en 1996, llevar al Consejo de Ministros la propuesta de otorgar, por primera vez en la Historia, la Medalla de Oro de las Bellas Artes a un torero. Fue entonces Javier Arenas el que me sugirió que ese torero fuera el Maestro de Ronda, Antonio Ordóñez, idea con la que yo, por motivos obvios, no podía estar más de acuerdo.

Así, fue el primer torero que accedió al tratamiento de “Excelentísimo”, por sus exclusivos méritos taurinos.

No se me escapa que Don Luis Mazzantini, que por cierto, era vasco, de Elgóibar, lo fue, en razón de los cargos políticos que ocupó.

O que Diego Mazquiarán, “Fortuna”, otro diestro vasco, también fue excelentísimo porque le concedieron en 1928 la Gran Cruz de la Beneficencia por matar con un estoque improvisado y su abrigo como precaria muleta, un toro que se había escapado por la Gran Vía madrileña y que estaba sembrando el pánico. Pero excelentísimo por ser torero, sólo torero, el primero fue Antonio Ordóñez.

Y a mí me enorgullece haber sido la pionera en este reconocimiento oficial del arte del Toreo.

Como también estoy satisfecha de haber sido la primera en impulsar, cuando era Presidenta de la Comunidad de Madrid, la declaración de Bien de Interés Cultural para la Fiesta de los Toros.

Una liberal como yo, sabe que para que algo sea un bien cultural no es necesario que el Estado lo declare así. Y los Toros son una manifestación cultural de primer orden por derecho propio, sin que sea necesario que ningún gobierno lo tenga que declarar.

Pero, como ha dicho el nuevo Primer Ministro francés, el barcelonés y español Manuel Valls: “Los toros es algo que me gusta, que forma parte de la cultura, de mi familia, y es una cultura que hay que preservar. Es una tradición que existe en algunas regiones, sobre todo en el sur del Francia y hay que mantenerla”.

Justamente, para ayudar a preservar nuestra Fiesta y para defenderla de los ataques de los malandrines que quieren acabar con ella, promoví esa declaración.
Porque es verdad que los Toros han tenido siempre sus detractores. Lo malo es que los que ahora se oponen a la Fiesta no están ni mucho menos a la altura intelectual de los que la repudiaban hace un siglo.

Porque la decadencia de los antitaurinos es más que evidente. ¿Cómo podemos comparar a los actuales con los Joaquín Costa, Unamuno, Azorín, Baroja, Maeztu, Ramón y Cajal o Giner de los Ríos, que también fueron antitaurinos, pero de mucha mayor talla?

Mientras que entre los intelectuales que hoy defienden los Toros podemos encontrar a pensadores de la talla de Albert Boadella, Fernando Savater o Víctor Gómez Pin, que me han precedido en esta tribuna, o jóvenes filósofos como Antonio José Pradel que acaba de publicar un ensayo sobre la quietud en el toreo, en el que suma una sensibilidad especial para expresar la emoción que siente en los Toros con una profunda reflexión filosófica sobre nuestra Fiesta.

Algunos antitaurinos actuales son, seguramente, personas bienintencionadas que creen que el respeto y el amor por la naturaleza y los animales están reñidos con ofrecer a los toros, después de haberlos criado y cuidado como a reyes, la oportunidad de luchar en la plaza. A ellos sólo se les puede decir que nunca los aficionados vamos a obligar a nadie a ir a las plazas para admirar la bravura de los toros ni el valor de los toreros.

Pero lo peor son esos otros antitaurinos que lo son esencialmente por ser antiespañoles. Que lo son porque saben muy bien que los Toros simbolizan mejor que nada la esencia misma de nuestro ser español. Y, por tanto, en su afán por acabar con España, buscan desprestigiar y, si pueden, prohibir los Toros por decreto. Por eso, y sólo por eso, los españoles que quieren dejar de serlo luchan contra la Fiesta.

Para defenderla de éstos, promoví la declaración de Bien de Interés Cultural. Y me alegro de haberlo hecho.

Señoras y señores,

Si bien se mira, hasta aquí mis palabras han ido dirigidas a justificar mi presencia en esta tribuna para pregonar a los cuatro vientos que comienza la Feria de Sevilla.

Que es tanto como anunciar urbi et orbi, a la ciudad, Sevilla, que es la Roma del Toreo, y a todo el orbe terráqueo, que la temporada taurina de 2014 va a comenzar. Porque, desde que el mundo es mundo, la temporada taurina de verdad siempre empieza en la Maestranza el Domingo de Resurrección.

Hasta ahora no me he atrevido a desplegar la muleta para expresarles algunas de las emociones más íntimas que me sugieren los Toros, como esa obra de arte total que son.
De esto se ha escrito muchísimo, y desde esta misma tribuna muchos han explicado maravillosamente bien lo que sienten al ver torear.

Ahora me toca a mí.

Sólo me siento capaz de dar unos pocos muletazos para decir que, probablemente, lo más misterioso y profundo del toreo estriba en que torear es una forma de entender la vida. De entender la vida como un juego, pero como un juego que linda con algo muy serio, con lo más serio que hay, la muerte.
El toreo nos muestra cómo el enfrentamiento directo con la muerte puede ser el origen de una obra de arte. Y cómo, para enfrentarse a la muerte con arte, con gracia, con naturalidad y con garbo, es imprescindible el valor.

Aquí quiero hacer un canto al valor. Probablemente, nuestra sociedad hoy no da valor al valor, y con esto no estoy haciendo un juego de palabras. Porque, quizás, en la actualidad no se valora lo suficiente el valor, hay demasiados cobardes. En todos los ámbitos.
Y sí, señoras y señores, ser valiente es un valor, es un mérito, es una virtud. Hay que reconocerlo así, como se ha reconocido siempre y como lo reconocen los millones de aficionados que, desde hace siglos, van a los Toros.

Afrontar el peligro, el riesgo de morir, con el afán artístico, con la apostura y con la valentía con que lo afrontan los toreros, es un motivo para que los admiremos y para hacernos pensar en la importancia trascendental que en la vida tiene ser valiente.

El valor de los toreros no consiste sólo en estarse quieto. Eso que mi tío Ignacio le exigía a su hijo cuando salía a torear vacas en los tentaderos y las vacas le propinaban las consabidas volteretas.

Como explica en su ensayo Antonio José Pradel, quieto se quedaba Don Tancredo y eso no es torear, aunque tuviera su mérito.

El valor de los toreros está, además, en saber que todo lo que hagan ante el toro lo tienen que hacer conforme a unos cánones y según una tradición que no pueden traicionar. Y el público les va a juzgar por ello.

Para eso, para someterse al criterio del respetable público que les va juzgar comparándolos con los cánones que han ido creando y estableciendo las grandes figuras del toreo, también hay que tener un valor impresionante.

El que tienen los toreros, que es, para los españoles desde hace siglos, el valor por antonomasia, esa virtud personal y cívica que tanto echamos en falta en nuestros días.

Señoras y señores,

Antes de que la Presidencia me mande el primer aviso, me toca la responsabilidad de culminar la faena.

Y mi volapié sólo puede tomar forma en palabras de agradecimiento.

En primer lugar, al respetable público, por haber escuchado con atención mis intentos de expresar lo que siento por la Fiesta, y esos recuerdos con los que he querido honrar a la familia de aficionados que mejor conozco, la mía.

A José Rodríguez de la Borbolla, el que fue buen Presidente de la Junta de Andalucía y es gran aficionado, que ha tenido para mí unas palabras demasiado generosas y cordiales en su presentación.

Una generosidad y una cordialidad que a mí me gustaría que fueran moneda de cambio mucho más corriente en las relaciones entre los políticos de distintos partidos. Bueno, e incluso entre los del mismo partido.

Le agradezco muy de corazón sus palabras de hoy.

Por supuesto, quiero expresar mi agradecimiento a la Real Maestranza por haberme invitado a tomar la palabra en esta tribuna para anunciar que comienza la Feria de Sevilla.

Y al Ayuntamiento de Sevilla, que organiza este acto y mima con infinito cuidado todo lo que tiene que ver con nuestra Fiesta Nacional. Por lo que, además de nuestro agradecimiento merece nuestra felicitación.

Y es a Sevilla a la que quiero dedicar el final de mi faena.

Se ha dicho y escrito tanto sobre Sevilla que a mí puede que me pase lo mismo que al sevillano Manuel Machado cuando quiso definir en un poema a todas las capitales andaluzas. A todas les dedica unas precisas y preciosas palabras para definirlas, pero, cuando llega a Sevilla, ya no se atreve a decir nada. Porque diciendo “Sevilla” considera que ya está todo dicho.

Aunque no tengo el talento del mayor de los Machado, que con la media verónica de su famoso poema ya lo dejó dicho todo, sí que me atrevo a decir algo de esta ciudad, que, como antes he afirmado de los Toros, también es en sí misma una obra de arte total. Y mucho más en abril. Como dijo el inglés Havelock Ellis, en su obra “El alma de España”: “nada puede compararse a Sevilla en abril”.

Mi amigo el profesor y poeta Jon Juraisti paso dos años de su juventud universitaria en Sevilla. Y al saber que yo tenia la alta responsabilidad de pronunciar este pregón, ayer mismo me hizo llegar un soneto que dedica al recuerdo de sus años sevillanos que tengo el honor de pronunciar por primero vez ante Ustedes.

¿Cómo llegar a ti, noche a través,
Sevilla de mi roja mocedad?
Imágenes del antes, regresad
Al pesaroso tiempo del después.

Y pues ya no es posible caminar
Hacia el oro perdido del albor,
Recordadme su raro resplandor,
Arenal, torres, río y alminar.

Restituidme un sueño de andaluz,
Verdes riberas del Guadalquivir;
Dame un día de sol donde vivir,
Oh, Puerta de Jerez llena de luz.

Alegradme este triste atardecer,
Parques, glorietas, fuentes del
ayer.

El aire, la luz y el olor de Sevilla son para mí únicos en el mundo. Todo en Sevilla es belleza. Por eso no es extraño que sea la capital mundial de la belleza ni que aquí surjan los grandes artistas como por generación espontánea.

Pintores, como los sevillano Velázquez y Murillo. O como Alonso Cano y Zurbarán, que aquí se educaron y se hicieron grandes.

Poetas como Bécquer, los Machado, Cernuda, Aleixandre, Gutierre de Cetina, o Fernando Villalón, que además de poeta era ganadero de bravo.

Y toreros…, desde Pepe Hillo a Morante, pasando por El Espartero, los Gallos, Bombita, José y Juan (que fueron los más grandes), Ignacio Sánchez Mejías, Chicuelo, Cagancho, Pepe Luis y Manolo Vázquez, Pepín Martín Vázquez, Antonio Bienvenida, que, aunque nacido en Caracas, en Sevilla fue bautizado y a Sevilla perteneció espiritualmente como hombre y como torero, Manolo González, Diego Puerta, Paco Camino y Curro, Curro el único.

He querido citar a algunos de los más grandes toreros sevillanos para rendirles aquí mi pequeño homenaje. Ellos también han ayudado a que Sevilla sea lo que es.

Estaba expresando mi admiración, que es veneración, por esta “ciudad de los encuentros amorosos y de los finales trágicos”, como la definió el ya citado Francis Wolff, escenario de 214 óperas y patria de Don Juan.

Una ciudad en la que se respira el aire de las grandes capitales de la cultura del mundo. Donde todo está lleno de señorío y que para mí es, y esto lo considero trascendental, la capital mundial de la buena educación.

Eso, la buena educación, se ve, sobre todo, en los tendidos de la Maestranza, donde el público, entendido como el que más, administra su aplauso, su silencio y, a veces, su indiferencia, para con lo que pasa en el albero con un sentido del equilibrio, una sensibilidad y una inteligencia insuperables.

Si hoy es importante ponderar, como he hecho en este Pregón, el valor, la valentía, tampoco está de más reivindicar la buena educación. Materia en la que hasta el sevillano más humilde podría ser catedrático.

Con la alegría de estar en Sevilla y con la satisfacción de haber hecho el paseíllo en este Teatro para pregonar su Feria, sólo me queda esperar que el veredicto de ustedes, el respetable, sea benévolo con mi faena, en la que, a falta de otros méritos, he puesto todo mi amor a la Fiesta y toda mi inmensa admiración por Sevilla.

¡Que Dios reparta suerte, que los toros embistan y que los toreros triunfen en la Feria que esta tarde comienza!
Muchas gracias.