Los toros

Aunque ya se han celebrado la feria de Castellón y la de las Fallas de Valencia, puede decirse que la temporada taurina ha dado comienzo de manera solemne con las corridas de ayer, Domingo de Resurrección. Y como he hecho muchas veces, también ayer estuve en la que abrió la temporada en La Maestranza de Sevilla.

Una nueva temporada y otra vez la emoción de ir a los toros. Una emoción que no se puede explicar, pero que es la misma que han sentido muchos millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo y de la historia. Como los sevillanos que ayer abarrotaron La Maestranza, como los limeños que llevan casi 250 años yendo a la plaza de Acho, como los madrileños que van a Las Ventas y antes iban a las distintas plazas que ha habido en Madrid, como los mexicanos que llenan su Monumental o como los vecinos de Pasajes de San Pedro que pintó Darío de Regoyos en 1898 asistiendo a una corrida en la plaza de su pueblo, presidida, eso sí, por colgaduras con la bandera nacional.

Esa emoción que se siente al ir a los toros es imposible de explicar, como son imposibles de explicar las emociones que sentimos ante cualquier hecho artístico. Esas emociones se sienten o no se sienten, pero ni se pueden razonar ni se pueden intercambiar ni, por supuesto, se pueden imponer al que no las siente.

Cuando el toro, que es, para mí, el animal más bonito del mundo, sale a la plaza, siempre siento que ha llegado la hora de la verdad. Allí, en el albero, están solos el toro, con toda su fiereza, su bravura y su nobleza, y el torero, con su valor, con su inteligencia y con su arte para dominarlo según esas estrictas reglas que, a lo largo de la historia, se ha dado el toreo.

Aunque no me atrevo a explicar mis emociones en los toros, sí creo que la clave está en que todo lo que ocurre en la arena es verdad. Allí no hay trampa ni cartón, allí no hay teatro, allí el torero se está jugando su vida, y el toro, que es el animal salvaje criado con más mimo y con más atenciones del mundo, está demostrando toda su bravura y toda su belleza. Y la emoción de esa verdad la han sentido los españoles desde los tiempos más remotos; por eso en todas nuestras fiestas, cuando el pueblo quiere celebrar algo de una manera extraordinaria, siempre ha ocupado un lugar central el toro, y por eso está tan arraigada la fiesta de los toros en nuestra cultura, en nuestras costumbres y en nuestras tradiciones.

Otro de los misterios de la fiesta de los toros es su capacidad para seducir y admirar a lo largo de los tiempos a pesar de regirse por unos cánones que permanecen inamovibles desde hace más de dos siglos. Los españoles que pinta Goya en sus aguafuertes abarrotando las plazas y emocionados con las faenas de sus toreros eran de origen mayoritariamente campesino. Pues bien, esos españoles iban a los toros con la misma pasión con que vamos los españoles de hoy, que, en la inmensa mayoría, apenas tenemos relación con el mundo agrícola o ganadero, pero que nos seguimos apasionando con la lidia.

Como toda obra de arte, también los toros han tenido siempre sus detractores, hasta el punto de que no se conciben los toros sin los antitaurinos. Estos antitaurinos han prestado un servicio muy importante a la Fiesta, y es el de obligarnos a los aficionados a pensar en el significado profundo de esa Fiesta. Quizá por eso, los toros han suscitado tantas reflexiones artísticas, literarias, poéticas, pictóricas, musicales, filosóficas e incluso políticas, hasta el punto de que, como dijo Ortega —y aquí hay que puntualizar que fue el filósofo y no el gran Domingo Ortega, porque hablando de toros el primer Ortega es el torero—: «La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resultará imposible comprender la segunda». Esos antitaurinos han sido siempre parte de la sal de la Fiesta y poco tienen que ver con los que han prohibido los toros por otras razones, la más evidente de las cuales es la de que la identifican —y con razón— con la idiosincrasia, la historia, la cultura y las tradiciones que compartimos todos los españoles, y ya sabemos que algunos quieren, aun a costa de dar coces contra su aguijón, dejar de ser españoles.

Al empezar la temporada deseo que esté llena de éxitos para los ganaderos, para los toreros y para el público. ¡Y que Dios reparta suerte!

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