Los principios liberales de Fillon

Para bien y para mal, desde hace muchos siglos Francia ha sido el país que más ha influido en la vida política y en la Historia de España. No hace falta esforzarse en demostrarlo porque desde Carlomagno a los últimos presidentes de la República, pasando, claro está, por los Borbones y por Napoleón, lo que ocurre al norte de los Pirineos ha tenido siempre repercusiones al sur.

Ahora la distancia que separaba a Francia de España en materia económica, social y política se ha acortado de forma radical. Hoy, socios los dos de la Unión Europea, nuestros países se parecen en muchas cosas y comparten algunos problemas políticos muy trascendentales.

Por ejemplo, tanto ellos como nosotros nos encontramos con que la izquierda tradicional está desconcertada, descolocada y desmoralizada. La crisis del PS francés es parecida a la de nuestro PSOE, con el agravante de que ellos la están viviendo desde el poder, con un presidente de la República y un primer ministro socialistas. Pero, como aquí, no consiguen elaborar un mensaje y un programa de raigambre socialdemócrata que resulte atractivo.

Otro ejemplo: en los dos países han surgido dos partidos, el Front National y Podemos, que coinciden en una exaltación del estatismo, del proteccionismo, del aislacionismo, y en un rechazo radical de la libertad económica y de la globalización. Estos dos partidos recurren a excitar la fibra sensible de muchos ciudadanos que están desilusionados con los fallos de los políticos tradicionales. Unos, los seguidores de Le Pen, a base de evocar la «grandeur de la France», y otros, los de Podemos, la construcción de ese «socialismo del siglo XXI», eufemismo que esconde un comunismo de corte bolivariano.

El siguiente ejemplo de similitudes que compartimos franceses y españoles en nuestra vida política es que, ante la crisis de la izquierda y las propuestas de ruptura de los dos partidos que, por simplificar, llamaremos «populistas», una mayoría de ciudadanos mira a la derecha –o al centro-derecha, si se prefiere– como la única opción sensata para dirigir el país. En España lo hemos visto en las elecciones de junio, y todo parece indicar (si las encuestas no vuelven a fracasar estrepitosamente) que lo veremos en mayo y junio del año que viene (elecciones presidenciales y legislativas) en Francia.

Pero las similitudes de Francia y España no se paran sólo en el ámbito del panorama político. También existen en los grandes problemas que sus gobiernos tienen que abordar. Aunque la crisis económica no ha alcanzado allí la gravedad de la nuestra, la necesidad de afrontar grandes reformas estructurales es, allí y aquí, evidente y urgente. Además, los dos países estamos necesitados de recuperar el pulso y la ilusión por un proyecto compartido de vida en común.

Y para abordar esas reformas y recuperar esas ilusiones cualquiera que llegue al Gobierno en Francia y en España tiene que lidiar con una Administración hipertrofiada (los 5,5 millones de funcionarios franceses y los 3,1 españoles son una buena muestra), con unos sindicatos tradicionales que ostentan un poder que no se corresponde con su auténtica representatividad, con una omnipresencia del Estado en muchos sectores de la vida pública, y con unos ciudadanos demasiado acostumbrados a delegar sus responsabilidades en la acción de los políticos y sus gobiernos.

Pues bien, cuando parecía que la derecha francesa, los Republicanos, iban a hacer lo de siempre, es decir, dejarse llevar por el viento a favor del desastre de los socialistas y del rupturismo de los lepenianos, resulta que ha saltado la liebre de la gran sorpresa, que se llama Fillon.

Gracias al original y por ahora exitoso sistema que los Republicanos se han inventado para designar a su candidato, muchos millones de franceses han podido participar, y lo han hecho con entusiasmo, para elegir a François Fillon, un veterano político, que, sin embargo, ha abandonado la «langue de bois», el «bullshit» habitual de los políticos, y ha hecho algo muy poco usual: ha hablado claro, y se le ha entendido todo.

Eso ya ha sido suficiente para provocar la ilusión de millones de franceses, que ven en él al líder que puede recuperar muchos valores que se habían perdido después de decenios de gobiernos intervencionistas, sin recurrir al aislacionismo retrógrado del Front National.

Pero es que, además, el discurso de Fillon, el que ha provocado esta ola de entusiasmo, está inspirado en principios liberales. ¿Quién nos iba a decir a nosotros, los liberales de todos los países, que iba a ser Francia el lugar desde el que van a volver a ponerse en práctica soluciones inspiradas por el liberalismo? La Francia a la que los liberales siempre hemos mirado con recelo porque, como se decía con humor en tiempos de De Gaulle, era la única república soviética que funcionaba, tal era la intervención del Estado en todas las esferas de la actividad y de la vida de los franceses.

Pero ¿cómo no vamos a mirar con interés y hasta con esperanza a un político que, primero, ha hablado claro, que les ha dicho a los franceses que o reaccionan o «la France que tombe» (Baverez) va a ser una realidad, si no lo es ya?

Claro que nos da sana envidia la valentía con la que ha defendido la necesidad de bajar el gasto público, de reducir el aparato del Estado (esos 500.000 funcionarios que sobran), de embridar y reducir la deuda, de bajar –sí, sí, de bajar– los impuestos a las empresas, de empezar a desestatalizar la sanidad, de limitar el poder de los sindicatos, o de devolver el estudio y el esfuerzo al sistema educativo.

En resumen, Fillon se ha presentado sin ambages como un firme y decidido defensor de liberalizar la economía, como un convencido de que hay que restaurar la autoridad del Estado para proteger a los franceses, y como un líder que no duda de la importancia de cultivar y afirmar los valores de la República Francesa, es decir, los valores patrióticos.

Puede que sea un espejismo, pero hoy es inevitable que miremos a Fillon, como han hecho millones de franceses en estas inteligentes primarias de los Republicanos, con ilusión. Si siempre lo que pasa en Francia acaba por influir en España, la aparición allí de una opción liberal, cuando aquí vivimos tiempos de crisis y de descreimiento ideológico, es un motivo para la esperanza.

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