El inexistente nacionalismo

los nacionalismos

Son muchos los historiadores que, al estudiar la Guerra de la Independencia española, la que los ingleses llaman la «Peninsular War», se han preguntado por qué los españoles se levantaron espontáneamente contra el poderoso ejército de Napoleón, mientras ese mismo ejército se paseaba por toda Europa, desde Italia hasta Rusia, atravesando todos los territorios italianos, alemanes o austríacos, sin concitar la menor resistencia popular contra su expansionismo imperialista. 

¿Por qué, en cambio, con una unanimidad clamorosa, el pueblo español, desde Madrid a Gerona, desde Zaragoza a Cádiz, desde el País Vasco a Murcia, se levantó contra Napoleón, aunque los nobles, el gobierno y el mismo ejército titubearan?

La respuesta es sencilla aunque a algunos les moleste: porque los españoles de 1808 tenían perfectamente incorporado a su esquema de valores el que formaban parte de España. Todos sabían que eran españoles y que España era su Nación. Por el contrario, los pueblos italianos y los germánicos, que Napoleón invadía sin respuesta popular alguna, no tenían desarrollada esa conciencia nacional. Así de claro.

Los españoles tenían conciencia de formar parte de esa gran Nación que es España desde muchos siglos antes. Sabían que eran españoles, como lo sabía y lo decía en su lengua el gran poeta Ausiàs March en el siglo XV, o como lo sabía en el siglo XVI el vasco Juan Sebastián Elcano cuando daba la primera vuelta al mundo, por poner dos ejemplos de los infinitos que se podrían citar, entre los que también podrían estar los dos presidentes de la II República, Alcalá-Zamora y Azaña, que tampoco tenían dudas de lo que era España y de lo que era ser español.

Lo de españoles que no saben si lo son es un fenómeno muy moderno, un fenómeno que tiene muy pocos años de vida, los que van desde que Sabino Arana tuvo aquella revelación, que él creyó divina, de que no era español, hace apenas 130 años.

Esta introducción viene a cuento de algunas declaraciones que aparecen cuando se entra en el debate que provocan esos españoles que no quieren serlo o que quieren dejar de serlo, es decir, los separatistas catalanes o vascos. Siempre salen algunos biempensantes que, en su afán de equidistancia, dictaminan que ellos están en contra de todo nacionalismo y, añaden, también del nacionalismo español. Como también hay otros, casi siempre desde las filas de la izquierda, que declaran solemnemente que los máximos impulsores de los nacionalismos separatistas son esos supuestos nacionalistas españoles, que son unos separadores.

Pues bien, todos estos que hablan de un presunto nacionalismo español tienen que tener en cuenta que los nacionalismos son movimientos políticos que pretenden que se reconozca la existencia de una nación, la suya, que hasta ese momento no ha existido. Es decir, son movimientos que luchan para que su nación exista.

Por el contrario, nunca nadie tendrá que mover ni un dedo para demostrar que España es una nación, nadie tiene que esforzarse lo más mínimo en demostrar eso porque lo han sabido los españoles desde hace muchos siglos y lo saben todos los habitantes del planeta desde hace también esos muchos siglos.

Que algunos españoles quieran dejar de serlo es una pretensión, que si se mantiene dentro de los cauces de la Ley, me puede parecer absurda, partidista, ingenua o aprovechada, pero legítima. Lo que no puedo aceptar es que algunos hablen de la existencia de un sedicente nacionalismo español porque, sencillamente, nadie puede aspirar a crear una nación que tiene, por lo menos, más de cinco siglos de existencia y que así la han considerado todos sus habitantes siempre.

Otra cosa es que, quizás por estar convencidos de que España es una nación desde hace muchos siglos, los españoles descuidemos la exhibición de los símbolos que nos representan, como son la bandera y el himno. Mientras los nacionalistas, en su necesidad de crear su nación, están todo el tiempo con sus cánticos y sus banderas, creaciones, en algunos casos, de hace muy pocos años.

Estoy convencida de que sería muy bueno que, sin complejos, honrásemos con más frecuencia y con más intensidad a los símbolos de nuestra Nación, como hacen en las demás naciones de Occidente. Y un primer paso en esa buena dirección sería la interpretación del Himno Nacional en todos los actos oficiales a los que asistan los Reyes o los Príncipes de Asturias y la presencia de la bandera (y limpia) en todos los edificios oficiales, ya sean municipales, comarcales, provinciales, autonómicos o estatales. Y, por supuesto, no consentir que se celebre ningún acontecimiento en el que sea ultrajada la bandera o sea silbado el Himno Nacional.

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