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El fusilamiento de Cardedeu fue simulado pero el odio, no

Por Esperanza Aguirre

cardedei

Cardedeu es una población de la provincia de Barcelona, a 35 kilómetros de la capital, que cuenta con 18.000 habitantes. No es, pues, una aldea perdida en mitad de la nada. Allí, el pasado 17 de agosto, tuvo lugar un hecho que no puede pasar desapercibido para nadie en España. Pero, sobre todo, no puede pasar desapercibido para esos catalanes que, me figuro que inflamados de amor por su tierra y su cultura, ahora creen que lo mejor que puede ocurrirles es independizarse de España.

Ahora nos hemos enterado de que, en el marco de las fiestas del pueblo, es tradicional que un grupo de personas se disfrace de trabucaires y se pasee por sus calles disparando pólvora con los trabucos decimonónicos de los que toman el nombre. Creo que pretenden recordar a esos bandoleros que en el siglo XIX sembraron de inseguridad Cataluña (¿herederos de los terribles bandoleros catalanes de los que habla el «Quijote» a principios del XVII?). Parece que el nacionalismo vigente los quiere idealizar, como nota de color pintoresca y exótica, en la reconstrucción del pasado que quieren inventar.

Pues bien, este año los «simpáticos» y «tradicionales» trabucaires decidieron presentarse delante de la vivienda de Jaime Gelada, un concejal del Partido Popular, y durante un rato simular una y otra vez su fusilamiento. La broma, si es que se trataba de una broma, no tiene la menor gracia, sino todo lo contrario.

Pero es que, además, si los trabucaires actuales quisieran imitar de verdad a los bandoleros del XIX, esos «fuera de la ley», que, en la estela de Robin Hood o de Luis Candelas, despreciaban la autoridad y las leyes establecidas, tendrían que haber simulado la siniestra broma del fusilamiento contra los que representan el auténtico establishment, contra los que llevan más de treinta años gobernando Cataluña. Que, además y según hemos descubierto este verano, llevan más de treinta años gobernando Cataluña con desprecio manifiesto hacia sus conciudadanos. De ninguna manera tendrían que haber simulado su ataque contra un humilde representante de uno de los pocos partidos que, en Cataluña, hoy defiende la Ley, la igualdad de todos los ciudadanos, la erradicación de los privilegios y la solidaridad con el resto de los españoles.

Pero ha ocurrido lo que ha ocurrido, y es que los trabucaires han dado una exhibición de odio al que no piensa como ellos. Porque el fusilamiento fue simulado, ¡faltaría más!, pero el odio, no. Y ante esa exhibición de odio nadie puede permanecer impasible ni mirar para otro lado. La Justicia y los poderes públicos, empezando por la Policía autonómica, tienen que actuar con diligencia y rigor. Sin olvidar a la Policía municipal de esa localidad barcelonesa, que me supongo que no querrá hacerse famosa por ser la vanguardia de la intransigencia y la xenofobia.

Si la Ley actual no permite castigar ejemplarmente a los que participan en estas deleznables exhibiciones, lo mismo que si no permite castigar a los que pintan dianas en el País Vasco sobre la imagen de los que no piensan como ellos o no se someten a sus dictados, habrá que cambiar la Ley, y pronto.

Pero es a los nacionalistas más radicales, es a los independentistas más convencidos, a los que más deben preocupar estas manifestaciones de odio hacia el que no piensa como ellos. Quizás lo más importante que los independentistas tienen que explicar hoy acerca de esa república catalana independiente con la que sueñan, es cómo piensan tratar en ella a los que no son independentistas, a los que no se creen los dogmas de fe del nacionalismo, a los que –en el libre ejercicio de su capacidad de pensar– llegan a la conclusión de que el nacionalismo es una ideología decimonónica, retrógrada, reaccionaria y fuente de las peores violencias de los últimos cien años en la Historia de Europa.

Si los Junquera, los Mas o los de la CUP no reaccionan ahora de forma contundente contra estos trabucaires, parecerá que están ya anunciando que, en la hipotética república catalana del futuro, al discrepante le espera lo que al concejal del Partido Popular de Cardedeu.

Si los independentistas de verdad no reaccionan ante esta agresión estarán anunciando a todo el mundo que esa hipotética república del futuro no será nada idílica, sino que, más bien, será una perfecta dictadura del pensamiento único, donde al discrepante más le valdrá estarse calladito, como han tenido que hacer siempre los pobres ciudadanos cuando les ha tocado vivir bajo una dictadura.

Que se sepa.

 

 

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Los que nos dedicamos a la política sabemos muy bien que tan importante como elaborar y preparar eficaces propuestas para solucionar problemas de los ciudadanos es explicárselas con claridad y hacérselas atractivas. En realidad, esto lo sabe todo el mundo: hacer política es comunicar ideas y propuestas políticas. Comunicar bien, como pasa también con la publicidad, tiene mucho de arte. Y, como también pasa con la publicidad, ofrecer a los ciudadanos determinadas opciones y propuestas para que elijan entre ellas tiene un límite que no se puede sobrepasar: la verdad. En las ofertas estrictamente comerciales la publicidad engañosa acaba siendo desenmascarada por la realidad. En política, sin embargo, la experiencia nos enseña que hay mentiras que duran mucho tiempo y tienen consecuencias muy negativas para los ciudadanos, que son embaucados por manipuladores de sus ilusiones y de sus sentimientos.  Continuar →

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