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15

sep

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Libres e iguales

Por Esperanza Aguirre

El principal error que, desde la aprobación de nuestra Constitución en 1978, hemos cometido de manera sistemática los partidos españoles de derecha y de izquierda y los ciudadanos españoles de derecha y de izquierda ha sido y es el no haberla valorado como se merece, el no habernos tomado suficientemente en serio la importancia que tiene como salvaguarda de nuestra libertad y de nuestros derechos y el no haberla defendido con la energía necesaria ante los ataques de que ha sido objeto.

La Constitución de 1978 es heredera de todos los intentos que, desde las Cortes de Cádiz en 1812, hemos llevado a cabo los españoles para crear un marco de convivencia donde esa libertad y esos derechos estuvieran plenamente garantizados. Intentos que, demasiadas veces, acabaron en rotundos fracasos. Como esto lo sabían muy bien los constituyentes del 78, el texto de la actual Constitución fue redactado con el cuidado de no cometer los errores en que habían caído los anteriores intentos de construir ese marco de libertad y paz civil, y con la esperanza y la ilusión de conseguirlo.

La generosidad de casi todas las fuerzas políticas presentes en aquellas Cortes Constituyentes fue la que les llevó a renunciar a las aspiraciones máximas de sus programas para, a cambio, alcanzar los acuerdos más básicos, los que hacen posible, para todos, la convivencia en libertad y la paz civil.

Y los más básicos de todos esos acuerdos son dos. El primero, que, por encima de todo, España es una Nación de ciudadanos libres e iguales. Y el segundo, que nunca más los españoles recurriríamos a la violencia para dirimir nuestras posibles diferencias políticas o ideológicas.

Algunos, no sé si imbéciles o malintencionados, dicen ahora que la Transición y la Constitución (que es su fruto esencial) se hicieron sin tener en cuenta la Historia reciente de España. Son los que, de manera irresponsable y cainita, han querido agitar de forma partidista los recuerdos de los errores y barbaridades de la última Guerra Civil española. Pues bien, se equivocan de medio a medio. Los constituyentes del 78 tuvieron muy presentes las anteriores querellas fratricidas de los españoles (que conocían mucho mejor que los aprendices de historiadores de la llamada «memoria histórica») a la hora de dibujar un marco de convivencia y concordia donde «nunca más» volvieran a repetirse esas querellas.

Y la mejor manera de defender ese marco de convivencia y concordia es, sin duda, mantenerse firmes en hacer de España una Nación de ciudadanos libres e iguales.

El problema es que, desde el primer minuto, los nacionalistas, incluso los que colaboraron en la redacción de la Constitución y la votaron con entusiasmo, han ido dando pasos para conseguir privilegios. Hasta llegar al último paso, que es intentar que la voluntad de unos pocos españoles –los independentistas catalanes– rompan el marco de convivencia de todos y hagan que los españoles dejemos de ser libres e iguales. Si cumplieran sus propósitos no seríamos libres, porque serían unos pocos los que nos impondrían su voluntad. Y, precisamente por eso, también dejaríamos de ser iguales.

A la situación actual se ha llegado por muchas razones, pero, sin ninguna duda, una de esas razones, y quizá la principal, ha sido la desidia del resto de los ciudadanos españoles y de los partidos políticos a la hora de defender, como debiéramos, nuestra Constitución y los dos principios fundamentales en que debe basarse nuestra convivencia: la libertad y la igualdad de todos ante la Ley.

Por eso, que, al margen de los partidos, algunos señalados representantes de la sociedad, entre los que se encuentran destacados intelectuales –con nuestro premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, a la cabeza–, se hayan unido en la firma de un manifiesto para hacer público su compromiso de defender esa libertad y esa igualdad, sin las que no puede haber ciudadanos, me parece una magnífica noticia.

Es verdad que es muy duro tener que luchar por lo que es evidente –y defender la libertad y la igualdad lo es–, pero no es aceptable que, por la desidia de algunos, el conformismo de otros y el oportunismo de muchos, los nacionalismos hayan crecido, gobernado y usufructuado el poder en algunas regiones de España sin que nadie les haya echado en cara que su ideología es la más reaccionaria, retrógrada y antigua del mundo. Lo es porque considera a los individuos como miembros de una raza o de una tribu antes que como ciudadanos libres e iguales. Justo lo que hace esta Constitución nuestra que quieren dinamitar.

Solo nos queda esperar que el ejemplo de estos destacados representantes de la sociedad que han firmado el manifiesto sea seguido también por muchos ciudadanos y que, finalmente, también sea seguido por los partidos políticos democráticos. Se demostraría así que la crisis provocada por los secesionistas ha tenido el efecto benéfico de despertar en los españoles el ánimo de defender, como se debe, el marco de convivencia que tanto nos ha costado construir.

10

sep

2

Hay que dar la batalla ideológica frente al populismo

Por Esperanza Aguirre

Resumen de mi entrevista en El Cascabel de 13 tv, este lunes 8 de septiembre.

8

sep

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Puertas giratorias

Por Esperanza Aguirre

puertas giratoriasDe un tiempo a esta parte se ha empezado a usar con mucha frecuencia la expresión «puertas giratorias» para describir el proceso mediante el cual algunos políticos dejan sus responsabilidades públicas para ser contratados por empresas privadas. Hay que decir que esta expresión se usa habitualmente con connotaciones negativas, de forma que, siempre que se habla de las «puertas giratorias», se suele hacer para indicar que «hay que acabar con las puertas giratorias». Es evidente que las «puertas giratorias» deben estar prohibidas para los casos en que un político deje la política para fichar por una empresa privada como pago a favores que, desde sus puestos de responsabilidad pública, haya podido hacer a esa empresa que le contrata. No solo deben estar moralmente prohibidas, sino que los que usen de esta forma las llamadas «puertas giratorias» deben ser perseguidos por la Ley, y de manera terminante.

Pero hay otras «puertas giratorias» que sí deben funcionar si queremos regenerar y mejorar la calidad de nuestra vida política, y que, salvo contadísimas excepciones, no funcionan en España. Son las «puertas giratorias» que dan entrada a la política. Es cada vez más necesario, y casi diría que imprescindible, que a la política se incorporen personas que ya han demostrado su valía como profesionales, que ya han demostrado que saben ganarse honrada y holgadamente la vida con sus actividades al margen de la política.

Así había sido siempre en España desde el siglo XIX. En este sentido, los políticos de la Restauración son un magnífico ejemplo. Los Cánovas, Sagasta, Echegaray, Silvela, Fernández Villaverde, Moret, Canalejas, Maura o Dato llegaron todos a la política desde el enorme prestigio que habían adquirido en sus profesiones: historiadores, ingenieros, abogados. Todos ellos podían decir que estar en política les hacía perder dinero. Así ocurrió también en España durante los años de la Transición. Los políticos de UCD, y bastantes del PSOE y del PCE, estaban en política por su afán de servir a la Nación, y a la mayoría de ellos dedicarse a la política les llevó a ganar mucho menos dinero del que estaban ganando en sus respectivas profesiones fuera de la política. Eso, saber que nuestros representantes están perdiendo dinero al estar en política, es la mejor forma que los ciudadanos tenemos para confiar en que nuestros políticos no van a caer en la tentación de corromperse.

Además, si nuestros políticos llegasen todos a sus puestos de responsabilidad pública después de haber demostrado su valía en sus actividades privadas, no cabe la menor duda de que el nivel humano, académico, intelectual y moral de nuestra clase política tendría que elevarse necesariamente.

El sistema actual, con una Ley Electoral que lleva a votar siglas más que personas, y con unos partidos que no favorecen la democracia interna, sino más bien la férrea disciplina de «el que se mueve no sale en la foto», nos ha llevado a que, cada vez más, nuestros políticos sean políticos «profesionales», es decir, personas que no tienen otra profesión que la política, fuera de la cual encuentran grandes dificultades para ganarse honradamente la vida.

Joaquín Leguina, ante este peligroso panorama, propugna que los partidos no deberían proponer nunca como candidatos a ninguna elección a nadie que no haya cotizado antes a la Seguridad Social o haya demostrado cumplidamente su capacidad para ganarse la vida al margen de la política. No es mala idea. Y desde luego algo hay que hacer en este sentido. Pero para lograrlo es fundamental que funcionen, y bien y mucho, las ahora denostadas «puertas giratorias» para entrar en política y también para salir. Es imprescindible que la política atraiga a los mejores profesionales de España para que, durante unos años y a costa de dejar de ganar dinero, entreguen al conjunto de los españoles su inteligencia, su experiencia y su capacidad para hacer bien las cosas. Y para hacerlas pensando siempre antes en el bien común que en su medro personal. Lo que, además, siempre será un honor. Y no se les atraerá a la política si, cumplidos sus años de servicio, se les ponen trabas para reincorporarse a sus actividades privadas o se les cubre con sospechas y recelos.

Tomemos el caso del nuevo ministro de Economía e Industria francés, Emmanuel Macron. A los 34 años ya era un acreditado profesional de la banca. Entonces aceptó acompañar al presidente del República, François Hollande, como asesor para asuntos económicos, con un sueldo que, según todas las informaciones, era la décima parte del que le pagaban en la Banca Rotschild. Ahora, dos años después, le acaban de nombrar ministro y su nuevo sueldo seguirá muy lejos del que ganaba en la actividad privada. Lo hará mejor o peor como ministro de Economía, dependerá sobre todo de lo que le dejen esos compañeros suyos de partido que quieren seguir jugando a que el dinero no es de nadie y no se acaba nunca, pero lo que es seguro es que este brillantísimo profesional no está allí para buscarse la vida, sino para servir a su Patria. Es un magnífico ejemplo de cómo deben funcionar las «puertas giratorias» para llegar a la política. Y, desde luego, si se cierran las de salida, que nadie tenga dudas de que a la política solo llegarán mediocres.

2

sep

12

El fusilamiento de Cardedeu fue simulado pero el odio, no

Por Esperanza Aguirre

cardedei

Cardedeu es una población de la provincia de Barcelona, a 35 kilómetros de la capital, que cuenta con 18.000 habitantes. No es, pues, una aldea perdida en mitad de la nada. Allí, el pasado 17 de agosto, tuvo lugar un hecho que no puede pasar desapercibido para nadie en España. Pero, sobre todo, no puede pasar desapercibido para esos catalanes que, me figuro que inflamados de amor por su tierra y su cultura, ahora creen que lo mejor que puede ocurrirles es independizarse de España.  Continuar →

29

jul

10

Jordi Pujol

Por Esperanza Aguirre

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