Becas

La Revolución Francesa cambió muchas cosas en Occidente. Una de esas cosas fue la Universidad. De ser una Institución que, de una u otra forma, dependía de la Iglesia pasó a depender del Estado, abandonó el latín como lengua vehicular y empezó a prestar muchísima más atención a las enseñanzas científicas y técnicas. Fue Napoleón el primero en impulsar ese cambio radical en la concepción y el funcionamiento de la Universidad, institución en la que, a partir de entonces, tendrían que formarse las élites que, después, impulsaran el progreso de la Nación. Había que pasar de la aristocracia de la sangre a la meritocracia de la inteligencia.

Porque creía que el progreso de la Nación dependía de los mejores, la Universidad napoleónica ofrecía la posibilidad de estudiar en ella a esos mejores. Eso sí, había que demostrar que se era de los mejores y la manera más justa que se les ocurrió para descubrirlos fue la de someterlos a unos exámenes durísimos. Y los que los superaban podían estudiar gratis. 

La Universidad española de hoy ya no tiene como principal función la de formación de élites. Hoy a los estudios universitarios accede aproximadamente el 40% de los chicos españoles y, por tanto, son una etapa de la educación parecida a la que hace cincuenta años cubría el llamado entonces Bachillerato Superior, los estudios que iban desde la Reválida de 4º, a los 14 años, hasta el Preuniversitario, a los 17. Y hay que felicitarse de que así sea porque es un índice indiscutible del aumento del nivel cultural y económico de España.
Ese cambio en la misión de la Universidad nos debe llevar a reflexionar también sobre el papel que debemos dar a las becas en esa Universidad que ya no es como la de hace cincuenta años.

Es verdad que las tasas universitarias, lo que cuesta matricularse cada curso, han subido en los últimos tiempos. Aun así, el porcentaje de lo que paga cada alumno no llega al 25% de media del total de lo que cuesta la enseñanza que se le ofrece en la Universidad pública. Es decir, que, sin demagogia, podemos afirmar que todos los estudiantes universitarios españoles ya tienen una beca del 75% del coste de sus estudios. Y como el coste medio por alumno universitario en las Universidades públicas es de unos 6.500 euros al año, cada estudiante –sea bueno o malo– tiene una beca de unos 4.900 euros de media.

Es a la luz de estas nuevas realidades a la que hay que contemplar el asunto de las becas que tanto está dando que hablar y en el que, como casi siempre, hay una competición para ver quién es el más buenecito, es decir, el más demagogo y el menos respetuoso con el dinero de los demás.

Creo que lo más justo siempre, y más en una situación de crisis económica como la actual, es ser muy escrupuloso con el dinero público y pensar en el beneficio que el conjunto de la sociedad va a extraer del dinero que se destine a las becas. Y no tanto en las ventajas que van a obtener los beneficiarios directos ni en los réditos electorales que le proporcione al político de turno salir en los telediarios diciendo que ha dado más becas que nadie.

Y en ese sentido creo que el bien común exige que sólo se beque a los mejores de verdad. Y los mejores es un término comparativo. Por tanto, no se trata de reconocer a los mejores por la nota que se alcance, me da igual que sea un 6,5 ó un 8, sino por la comparación con los otros.

Mi propuesta es muy clara. Igual que tradicionalmente las matrículas de honor, que dan derecho a la exención del pago de tasas, se conceden a un alumno por cada veinte matriculados, ahora podrían ser becados, es decir, pagados con una especie de salario, ese equis por ciento que encabece las calificaciones académicas de cada curso. Y ese equis por ciento podría ser mayor o menor, según las disponibilidades del erario público.

Y ya está.